“Te vas a morir”. Esa afirmación que tanto se escucha por aquí y que a mí la verdad me causaba un pánico terrible.

Supongo que es porque nunca me he muerto y lo desconocido siempre me ha causado un sentimiento de vacío en la panza, no como nervios de esos que dan cuando vas a hablar en público o a una primera cita, sino como un pinche agujero negro de esos que viven en el espacio y los científicos no han podido entender del todo.

Muchas veces cuando me daban ataques de pánico sentía que me moría, que el corazón se me iba a salir del pecho y mi cuerpo iba a explotar en llamas y hacerse cenizas. Creía que eso iba a pasar ahí mismo, en el súper, en el gym, en el coche o donde estuviera.

Siempre pensando en los demás.

Lo primero en que pensaba al imaginar mi muerte era ese agujero negro interminable (que además según yo ha de girar y dar náuseas). Después pensaba en mi cuerpo tirado en el piso y la gente juzgándome por mis tatuajes y concluyendo que “seguro me dio un pasón de drogas” aunque no consumo ni café. Me imaginaba siendo nota en un periódico amarillista y que mis seres queridos tuvieran que recordarme así, tirada en el piso mostrando los calzones feos al mundo y seguramente con sangre en la cabeza por el golpe que me habría dado al azotar.

Después pensaba en mis hijos y en quién los criaría si yo faltara. ¿Se irían con las abuelas o se quedarían con su padre? Seguro él se volvería a casar con una mujer más inteligente y menos loca. Me preguntaba si los niños estarían enojados con la vida o aceptarían su destino como un plan divino y entenderían su karma desde esa perspectiva. Me ponía a reflexionar en que nunca sabría qué tipo de adultos serían e imaginaba todo lo que me perdería de sus vidas.

La idea de mi esposo y su nueva mujer me mataba. Sé que en estos tiempo se usa eso de  amar sin poseer al otro, pero la verdad yo no estoy lista para compartir al amor de mi vida. Lo malo es que ya estando muerta es algo que no podría controlar y no habría manera de que ese hombre tan magnífico se quedara solo. Mi única opción sería aterrorizar a su nueva mujer como fantasma. Ni modo, ella se lo habría buscado por apropiarse de mi vida (o al menos así lo sentiría yo).

También pensaba en la demás gente que me quiere. ¿Qué harían al enterarse de mi muerte? ¿Me extrañarían o lo superarían diciendo cosas como “así es la vida, ni modo”?

Me imaginaba mi foto en su altar de muertos junto con unas flores, las que sean porque además creo que nunca he sido clara con cuáles son mis favoritas. “Eso me pasa por no decir las cosas”, pensaba.

Seguro tendrían pláticas en las que se darían cuenta de mis incongruencias, de las cosas que les compartí a cada uno y también de las que les oculté, así como le hacemos todos. ¿Mis verdades harían que me quisieran más, o menos? No lo sé.

También llegué a pensar en mis cosas, lo tangible y material que amo y que en el caso de mi muerte perdería todo valor sentimental para convertirse en simples objetos, y confieso que me causaba cierta tristeza. Mi camiseta favorita seguro terminaría con alguien que la trataría como una simple camiseta.

Una vez hasta pensé en qué publicarían en mis redes sociales, ahora que se usa eso de dar condolencias en el perfil del fallecido, y me molestó que no estaría aquí para leerlas y ponerles corazoncito.

Todo esto que les cuento pasaba en cuestión de minutos mientras mi mente me decía que estaba en peligro y a punto de morir y mi cuerpo reaccionaba según esa idea. Lo único que sabía con certeza es que algo no estaba bien y trataba de respirar profundo para regresar al presente y de alguna forma luchar por mi vida. Me acordaba de los libros, consejos y terapias en las que se me había asegurado que nadie nunca se había muerto de miedo, pero hasta llegué a pensar que yo podría ser la primera; que seguro vendrían científicos a estudiarme y pasaría a la historia como la mujer que se murió solo porque su mente le dijo que algo no estaba bien.

Ahora que lo escribo me parece cómico y extremadamente egoísta pero así es como lo vivía y se los comparto tal cual.

Todo esto que les cuento me pasó muchas veces. Sola, acompañada, con amigos, con niños, en la casa, en la playa… donde sea. Era como si en un descuido se abriera un vórtex del terror y una fuerza me jalara hacia adentro y mi existencia entera se absorbiera.

Me tardé mucho tiempo en poder entender lo que me estaba pasando. Busqué soluciones de todo tipo; terapias convencionales, alternativas, flores de Bach, acupuntura, imanes, limpiezas de chakras, fengshui; probé imanes, cristales, pócimas lunares y hasta medicamentos. Hice todo y aunque todo sumaba nada servía cuando aparecía el vórtex.

Me dio hueva mi papel de víctima.

Incluso ya me había metido a buscar pistas en mi infancia y en la relación con mis padres, también con mi pareja y hasta con mis niños; ya había analizado situaciones y re vivido traumas. Me enojé, lloré y me volví a enojar. Me sentí víctima de todo y hasta pensé quedarme en ese personaje, pero al final concluí que eso no va con mi carácter.

Y lo que por fin me ayudó es lo que menos imaginé. Resulta que después de trabajarlo y trabajarlo, un día me cansé y me dio hueva tenerle miedo al miedo. Sí: me dio hueva. Yo me di hueva en mi drama. Ese cuento ya me lo sabía y estaba lista para pasar a otra cosa.

Me di cuenta de todo el tiempo y energía que le había dedicado y todas las cosas de las que me había perdido porque “qué tal si me pasa algo”o incluso estando presente pero con toda mi atención puesta en mi muerte imaginaria.

Qué hueva. Qué súper mega hueva de vida.

El plan: que me valiera madre.

Ya no quería vivir así, entonces hice un plan de ataque: la siguiente vez que entrara en pánico iba a hacer lo opuesto a lo que siempre hacía. En lugar de tratar de convencerme que estaba bien y que no me iba a morir, iba a entregarme a la muerte. Lo haría aunque me desplomara en el piso y se me vieran los calzones y la gente sacara sus celulares para grabarme y burlarse de mí.  Ya me valía madre. Si me tocaba morirme, lo haría y ya ni modo lo demás. Aquí lo importante era no ser parte del mismo juego de siempre.

El pánico llegó justo cuando lo esperaba. Estaba en la frutería cargando mi canasta, y pensé: “Va, ya estoy lista. Muerte, ven por mí de una vez por todas”. El corazón se me aceleró, la vista se me nubló, las manos me empezaron a sudar y aparecieron los pensamientos de siempre: el agujero, los niños, mi pareja, la familia, las cosas, los traumas infantiles, la falta de amor imaginaria, la tragedia existencial… todo y dije “ok, si tú crees que hoy me voy a morir, entonces me muero aquí y ahora, no tengo miedo. Let’s do this, fucker!”.  Cuando estaba lista para entregarme a la muerte me di cuenta que la muerte ni estaba ahí. En esa batalla campal solo estaba yo y nadie más.

Seguía parada en la frutería, habían pasado 5 minutos desde que me había bajado del coche y no me estaba pasando absolutamente nada. Seguro tenía cara de loca, pero esa la tengo siempre y la muerte quizás me estaba viendo a través de una pantalla mientras comía palomitas, o peor, ni me estaba viendo por andar ocupada en otras cosas.

Enfrenté mi mayor miedo y aprendí mucho.

Sobra decir que ese día no me morí. Como tampoco me morí las veces anteriores y el día que salí triunfal de esa frutería después de enfrentar a mi mayor miedo, aprendí muchas cosas que se resumen en lo siguiente:

  • Sí, un día todos nos vamos a morir, pero todos los días antes de ese día seguiremos vivos, entonces pensarlo demasiado es una pérdida de tiempo.
  • Es importante ir a terapia, pero es más importante no tomarnos la vida demasiado en serio.
  • La imaginación es un arma de doble filo. Es importante ponerla a hacer cosas útiles para que no se de vuelo y haga películas de terror en su tiempo libre.
  • Si te pasa algo y tu familia te extraña, tu pareja se vuelve a casar, y tus niños están enojados con la vida no hay nada que vas a poder hacer desde el vórtex. Es mejor pasarla bien mientras estás con ellos aquí.
  • Vivir está más cabrón que morir… o no; no lo sabemos. Por eso mejor no hay que pensar en eso.

Y por último: creo que el miedo desaparece cuando empiezas a vivir una vida llena de cosas que te apasionan tanto que sientes que vale la pena vivir.

Me acepto y me quiero tal como soy.

Yo me tardé mucho tiempo en encontrar esas pequeñas cosas que me hacen feliz que ahora hago, como la danza, nadar, pasear a la perra o ver el mar.  También me tardé mucho en aceptar la mujer que soy tal y como soy, sin estar al pendiente de lo que otros esperan o imaginan de mí.

Esta soy yo, y mientras yo la tenga clara, con eso es suficiente. Me acepto completa, como ying-yang; sabiendo que soy luz y sombra, un poquito de esto y de aquello, y que no todas mis partes me caen bien pero que al final del día esto es lo que soy. Con todo y el vórtex, reto a la muerte y la hueva que me sacó del agujero negro.